Mis muy queridos.
Hoy os quiero hacer una pregunta.
¿Tú también eres de esas personas que están pendientes de todo el mundo y después, cuando llega el momento de pensar en ti, ya no te quedan ni ganas?
Porque sabes si tu pareja está bien.
Sabes qué les pasa a tus hijos.
Sabes qué necesita tu madre.
Sabes quién está pasando una mala racha, quién necesita ayuda y quién te ha dicho que está fenomenal cuando tú sabes perfectamente que no lo está.
Vamos, que tienes un máster en detectar las necesidades ajenas.
Pero llega alguien y te pregunta:
—¿Y tú, Lola, qué tal estás?
Y contestas:
—Bien, bien. Todo bien.
Aunque igual no estás tan bien.
O estás cansada.
O necesitas que alguien se ocupe de ti por una vez.
O, sencillamente, necesitas que te dejen tranquila un rato.
Pero eso parece que cuesta más decirlo, ¿verdad?
Porque siempre hay algo que hacer. Alguien a quien atender. Algo que resolver.
Y tú vas dejando lo tuyo para después.
Un día.
Otro día.
La semana que viene.
Cuando haya menos trabajo.
Cuando los demás estén mejor.
Cuando todo esté en su sitio
Pero, queridas, ¿y si ese momento no llega nunca?
Porque la vida tiene esa costumbre tan estupenda de no quedarse quieta esperando a que terminemos todo lo que tenemos pendiente, ¡mira tú qué cosa!
Siempre aparece algo.
Y mientras tanto, tú sigues ahí, intentando llegar a todo.
¿Y sabes qué me llama la atención?
Que muchas veces no es que nadie te haya pedido que te pongas la última.
Eres tú la que lo hace automáticamente.
Sin pensarlo demasiado. Porque estás acostumbrada. Porque sabes cuidar de los demás. Porque te sale de la peineta hacerlo.
Y porque, a lo mejor, cuando te toca elegirte a ti, aparece esa vocecita que te dice que ahora no toca, que hay cosas más importantes o que ya tendrás tiempo.
¿Y si tú también fueras una de esas cosas importantes?
No te estoy diciendo que dejes de cuidar a las personas que quieres.
Ni que mañana te levantes y decidas que se acabó todo, que ahora vas tú primero y que se apañe el mundo. 😅
Te estoy diciendo otra cosa.
¿En qué momento empezaste a considerar que las necesidades de los demás tenían que esperar menos que las tuyas?
Piénsalo y no respondas rápido.
Porque quizá no es que no tengas tiempo para ti, sino que llevas tanto tiempo acostumbrada a estar pendiente de todo el mundo que ya ni te planteas que tú también necesitas que estén pendientes de ti.
Y para pensar eso, por lo menos necesitas el tiempo de un café y un poquito de conversación.
Así que cuéntame, si te apetece:
¿Te cuesta ponerte en primer lugar porque te sientes culpable o porque, sencillamente, ya ni te acuerdas de preguntarte qué necesitas tú?
Te leo.