Guía

¿Cómo poner límites sin sentirte culpable?

Mis muy queridos.

¿Alguna vez has dicho que sí a algo que no querías hacer y después te has pasado el día preguntándote por qué demonios has dicho que sí?

Pues eso.

Y lo peor no es solamente haber dicho que sí. Lo peor viene después.

Cuando te enfadas contigo misma por no haber sabido decir que no. Cuando te prometes que la próxima vez será diferente. Y cuando llega esa próxima vez… vuelves a hacer exactamente lo mismo.

Y sigues dándole vueltas a lo que no gira, ¡vaya plan el tuyo!

Porque tienes derecho a decir que no. Lo sabes perfectamente.

Entonces, ¿por qué cuesta tanto hacerlo?

Una de las razones es que no queremos decepcionar a nadie. Queremos que los demás estén bien, que no se enfaden, que no piensen que somos egoístas, que no se sientan mal por nuestra culpa.

Y, mientras tanto, ¿qué pasa contigo?

Porque parece que el malestar de los demás es responsabilidad tuya, pero el tuyo… ya si eso lo gestionas tú solita, solito o solite.

Y no, querida. Así no.

Poner un límite no te convierte en una mala persona

Vamos a dejar una cosa clara.

Que alguien se moleste porque le has dicho que no, no significa necesariamente que hayas hecho algo malo.

Puede que estuviera acostumbrado a que siempre estuvieras disponible. A que cambiaras tus planes. A que resolvieras sus problemas. A que dijeras que sí incluso cuando no te venía bien.

Y claro, cuando empiezas a hacer algo diferente, la cosa cambia.

Pero que otra persona esté acostumbrada a que tú estés siempre disponible no significa que tengas que seguir estándolo.

Tú también tienes una vida.

Tú también tienes necesidades.

Y tú también puedes estar cansada, tener otros planes o, sencillamente, no querer hacer algo.

¡Que no siempre hay que tener una razón de peso para decir que no!

A veces no te apetece. Y punto.

¿Y qué hago con la culpa?

Por lo pronto te la tragas.

Luego, vamos viendo.

Porque puedes haber decidido poner un límite, saber que lo necesitas y, aún así, sentirte fatal haciéndolo.

Le dices a alguien que no puedes ayudarle y empiezas a darle vueltas:

«A ver si se va a enfadar».
«Igual tendría que haberlo hecho».
«Ahora va a pensar que ya no puede contar conmigo».

Y acabas planteándote retirar tu propio límite para que todo vuelva a estar bien.

¿Te suena?

Pues quiero que tengas en cuenta algo: sentirte culpable no significa que estés haciendo algo malo.

A veces, simplemente, estás haciendo algo diferente de lo que llevas mucho tiempo acostumbrada a hacer.

Si has pasado años intentando que todo el mundo esté contento contigo, es normal que al principio te cueste dejar de hacerlo.

Pero no puedes utilizar la reacción de los demás como única medida para decidir si estás haciendo lo correcto.

Porque entonces tu tranquilidad dependerá siempre de que nadie se moleste contigo.

Y eso es agotador.

Por no decirte que ahora viene la culpa por haber cedido cuando no querías hacerlo, ¿ves la trampa? Sí o sí quien sale perdiendo eres tú.

Cómo empezar a poner límites

No necesitas preparar un discurso, ensayar delante del espejo ni presentar una solicitud oficial con tres copias y sello de entrada. 😅 Nooop, es más sencillo que todo eso.

Puedes empezar por hablar claro.

Si no puedes hacer algo, puedes decir:

«Lo siento, esta vez no me viene bien».

Si necesitas tiempo para ti:

«Hoy necesito descansar y no voy a quedar».

Si alguien te pide algo que no quieres hacer:

«Entiendo que lo necesites, pero no puedo ocuparme de eso».

Y si no quieres dar explicaciones, no tienes que inventarte una historia para que tu respuesta parezca más aceptable.

No se trata de ser borde ni de ir por la vida soltando NOES a diestro y siniestro.

Se trata de poder expresar lo que necesitas sin sentir que tienes que pedir perdón por existir.

¿Y si la otra persona insiste?

Porque claro, una cosa es decir que no y otra que la otra persona lo acepte.

Puede que insista. Que te pregunte por qué. Que intente convencerte o que te haga sentir que le estás fallando.

Y aquí es donde muchas veces terminamos cediendo.

Volvemos a explicar lo mismo, buscamos mejores argumentos, intentamos que nos entienda…

Como si encontrar la frase perfecta fuera a garantizar que la otra persona estuviera de acuerdo.

Pero no puedes controlar cómo va a reaccionar alguien.

Lo que sí puedes hacer es mantener tu respuesta.

«Ya te he explicado que no puedo».
«Entiendo que te venga mal, pero mi decisión es la misma».

Sin entrar en una discusión interminable. Sin tener que convencer a nadie de que tienes derecho a decidir.

Y si una persona no respeta tus límites de manera habitual, quizá tengas que mirar algo más que la forma en la que dices que no. También tendrás que observar qué está pasando en esa relación y qué necesitas hacer para cuidarte.

Porque un límite no consiste en conseguir que todo el mundo esté de acuerdo contigo. Es más, te debe importar poco si está o no de acuerdo. Son tus razones, son tus límites y eres tú quien tiene que convivir con las consecuencias de no respetarlos.

Y ahora dime, ¿qué es lo que más te cuesta cuando intentas poner un límite: decirlo o mantenerlo cuando la otra persona no se lo toma demasiado bien?

Te leo. ❤️

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